LÍMITES Y CULPA
- Uxue Berruete
- 26 ene
- 2 Min. de lectura
«Dices que sí. Otra vez.
Sales de la situación con un nudo en el estómago y una frase dando vueltas: “no debería haber aceptado”. Pero cuando piensas en decir que no la próxima vez, aparece la culpa. Y entonces vuelves a ceder.»
Poner límites es una de las habilidades más importantes para el bienestar psicológico y, paradójicamente, una de las que más nos cuesta aprender.
Normalmente cuando hablamos de límites en términos generales hablamos de verbalizaciones que buscan eliminar el malestar de ciertas conductas. Es muy importante siempre tener en cuenta el contexto de la persona.
Los límites no son muros ni castigos hacia los demás. Son una forma de cuidarnos, de definir hasta dónde llegamos y desde dónde empezamos. Sin límites, las relaciones se vuelven desequilibradas; con límites, se vuelven más auténticas.
Poner límites es necesario porque nos ayuda a identificar nuestras propias necesidades. Cuando nunca nos paramos a preguntarnos qué queremos, qué podemos o qué necesitamos, es fácil vivir en piloto automático, priorizando constantemente a los demás. El límite aparece justo ahí: cuando conectamos con lo que sentimos y nos damos permiso para escucharlo. Saber decir “esto no me viene bien” o “ahora necesito otra cosa” es una forma básica de autocuidado.
Aunque poner límites puede generar culpa o incomodidad —sobre todo al principio—, esa emoción no significa que el límite sea incorrecto. Muchas veces la culpa aparece porque estamos rompiendo patrones aprendidos: agradar, evitar el conflicto, hacernos cargo del bienestar emocional de otros. Aprender a tolerar esa incomodidad forma parte del proceso de poner límites.
Otro de los problemas aparece cuando siempre marcamos límites. Cuando cualquier incomodidad, esfuerzo o coste emocional se vive automáticamente como una señal de alarma que exige poner un límite inmediato. Como si relacionarnos, convivir o comprometernos no debiera implicar nunca cansancio, frustración o renuncias.
Vivir en sociedad tiene un precio. Compartir espacios, vínculos y proyectos implica adaptarse, ceder a veces, sostener conversaciones incómodas y tolerar pequeñas molestias. Si ante el mínimo roce levantamos un muro y lo llamamos “límite”, corremos el riesgo de confundir autocuidado con evitación.

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