POR QUÉ EVITAR EMOCIONES SUELE EMPEORARLAS
- Uxue Berruete
- 11 may
- 2 Min. de lectura
Hay emociones que nadie quiere sentir.
La tristeza, la ansiedad, la culpa, el miedo, la frustración o la vergüenza suelen vivirse como algo incómodo o desagradable. Y es completamente normal intentar alejarnos de ellas. Muchas veces lo hacemos casi sin darnos cuenta.
Nos distraemos constantemente, llenamos la agenda, trabajamos más de la cuenta, evitamos conversaciones, intentamos “pensar en positivo”, miramos el móvil durante horas o buscamos cualquier cosa que nos permita no conectar con lo que sentimos.
Y aunque a corto plazo esto puede aliviar, a largo plazo suele tener el efecto contrario.
Las emociones cumplen una función
Las emociones no aparecen porque sí.
Todas tienen una función psicológica. El problema no suele ser sentir emociones desagradables. El problema aparece cuando luchamos constantemente contra ellas.
Porque sentir una emoción no es peligroso. Lo que muchas veces acaba generando más sufrimiento a largo plazo es intentar no sentirla.
Cuando evitar se convierte en una trampa
A corto plazo, evitar una emoción puede dar sensación de alivio. Pero la emoción no desaparece realmente. Queda pendiente.
Es como intentar mantener una pelota bajo el agua: durante un rato podemos hacerlo, pero llega un momento en el que vuelve a salir, muchas veces con más fuerza.
Las emociones que no se atienden suelen terminar apareciendo de otras maneras:
más ansiedad,
más irritabilidad,
bloqueo emocional,
agotamiento,
síntomas físicos,
sensación de desbordamiento,
o incluso una desconexión constante de uno/a mismo/a
Reprimir no es gestionar
Empezar a contener, minimizar o esconder lo que se siente no es gestionar las emociones.
Pero gestionar emociones no significa hacer que desaparezcan. Significa poder reconocerlas y sostener el malestar que nos generan.
No se trata de recrearse en el sufrimiento ni de vivir atrapados en las emociones.
Se trata de permitirnos sentirlas sin huir constantemente de ellas.

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